Guerras por el agua


Desde una perspectiva puramente terrestre (la extraterrestre la dejaremos para mejor ocasión), el agua es vida. El origen de la vida, aun, se halla en el agua, y las primeras civilizaciones, la mesopotámica y la egipcia, se desarrollaron en torno a ella: los ríos Tigris y Éufrates, la primera, y el río Nilo, la segunda. La mayoría de las ciudades más importantes del planeta, históricas, por su antigüedad y su peso en las sucesivas edades de la humanidad, se ubican a orillas de los grandes ríos.

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La Ley de Aguas de 1866


Dentro de la ingente labor legislativa de la España decimonónica, parte de la cual todavía se encuentra vigente (Ley de Reglas para el ejercicio de la Gracia de indulto de 1870, Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882, Código Civil de 1889), la relativa a las aguas fue adquiriendo importancia a medida que el siglo avanzaba. Era lógico, el incremento de la población, la expansión de las explotaciones agrarias y el desarrollo ferroviario centraron la atención del Poder Ejecutivo y Legislativo hacia una materia cuya regulación inicial fue sectorizada, rigurosamente especializada, destinada a colmar el vacío legal en cada una de las particulares vicisitudes que, vinculadas con el agua, iban acaeciendo en el devenir de los días. En la mente del legislador, no se vislumbraba siquiera el imaginativo esbozo de un cuerpo único y completo, de un solo texto legal o código de aguas. Proliferó, pues, una miríada de Reales Decretos, Reales Órdenes e Instrucciones internas, de consuno con puntuales aportaciones legislativas. Precisamente, la Ley de Aguas de 1866 fue una consecuencia, una sugerencia, más bien, de tal proceder normativo.

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El contrato de cesión. Un instrumento de eficiencia hídrica.


En el aparentemente inmutable mundo de las concesiones de aguas, la cesión de derechos al uso privativo del agua se erige como una de las más eficaces herramientas al servicio de la eficiencia en el aprovechamiento hídrico.

La derogada Ley 29/1985, de 2 de agosto, de aguas, nos recordaba, a modo de liminar, que el agua, precintada a los caprichos cíclicos, no deja de ser un recurso natural imprescindible para la vida «… y para el ejercicio de la inmensa mayoría de las actividades económicas…». Sin desdeñar la preocupación pecuniaria del texto normativo en una España todavía en la primaria de Educación Democrática y anhelante de destacar en las organizaciones internacionales que habían depositado sus esperanzas y su confianza en ella, o estaban a punto de hacerlo, nos atreveríamos a catalizar ese primer atributo legislativo y aseverar, sin temor a abonarnos a la temporada de hipérboles, que el agua no sólo es un recurso natural imprescindible para la vida, sino que el agua es, per se, vida; origen y sustancia inherente a la misma, porque sin agua no existiría la vida.

Retomando sus líneas introductorias, la mencionada ley no obviaba el carácter insustituible del agua —quimérica, para el vanidoso espíritu artificioso de la humanidad—, su vulnerabilidad frente a los corruptos excesos y los libres accesos y su jaquecosa tendencia a la selección territorial de su aparición. Por todo ello, precisamente, también se preocupaba por remarcar la particularidad de su escasez.

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Turismo y Medio Ambiente


Durante los últimos tiempos ha sido patente la creciente preocupación, cuando no descontento, amplificado, en ocasiones, con radicales manifestaciones de odio, hacia el turismo; en concreto, hacia las masas de turistas que, cual desbocada marabunta, acometen las bellas ciudades y demás zonas de especial interés. Y quizá sea una consecuencia lógica. La facilidad en las comunicaciones, los avanzados medios de transporte, la mayor valoración del tiempo de ocio, la mejoría económica (más o menos) o el afán por ser protagonistas de los eventos, por estar presentes en el escenario (pues ya no se aprecia la conformidad con la indolencia fotográfica o televisiva) estarían entre los factores que explicarían la evidencia del fenómeno turístico.

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Aprovechamiento de las aguas


Aprovechamiento de las aguas a las que naturalmente se tiene acceso.

Autorizaciones, concesiones y derechos históricos.

Todos pueden, como regla general, sin necesidad de autorización administrativa, usar de las aguas superficiales, mientras discurren por sus cauces naturales, para beber, bañarse y otros usos domésticos, así como para abrevar el ganado; siempre que no se produzca una alteración de la calidad y caudal de las aguas. Cuando se trate de aguas que circulen por cauces artificiales, tendrán, además, las limitaciones derivadas de la protección del acueducto. En ningún caso, las aguas podrán ser desviadas de sus cauces o lechos, debiendo respetarse el régimen normal de aprovechamiento.

Asimismo, el propietario de una finca puede aprovechar las aguas pluviales que discurran por ella y las estancadas, dentro de sus linderos, y utilizar, en las condiciones que reglamentariamente se establezcan, en un predio aguas procedentes de manantiales situados en su interior y aprovechar en él aguas subterráneas, cuando el volumen anual no sobrepase los 7.000 metros cúbicos.

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